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Historia del Museo Casa de Fader Imprimir
La casa de Emiliano Guiñazú

Ubicada en Luján de Cuyo, rodeada de viñedos y frutales de una finca de 95 hectáreas, la casona estaba deshabitada y prácticamente abandonada cuando Emiliano Guiñazú compró la propiedad a los herederos de Gumersindo Segura, en 1889. De inmediato y con gran entusiasmo Emiliano y su esposa Narcisa Araujo se dieron a la tarea de recuperarla para convertirla en residencia de veraneo. La sólida posición económica de la familia facilitaría la empresa.

La casa respondía a la tipología de vivienda rural de la Mendoza finisecular: construcción de ladrillo sobre cimientos de piedra, de planta rectangular y una superficie cubierta de 1220 m2. Las altas y espaciosas habitaciones organizadas alrededor de un salón central de generosas dimensiones y amplias galerías perimetrales. Las refacciones se llevaron a cabo respetando la planta original y las características constructivas. Se colocaron techos de zinc, cielorrasos de madera, pisos de madera y mosaico y carpintería de cedro finamente tallada. En las ventanas se agregaron celosías metálicas y columnas de hierro forjado en las galerías sustituyendo las tradicionales de madera. A tono con la posición social y económica de la familia, los interiores fueron decorados con exquisito gusto. La mayoría de los muebles, loza, platería y accesorios fueron importados de Europa.

Entre las modificaciones más atractivas que se realizaron en la vivienda, se destaca la construcción de una pileta interior revestida con mayólicas italianas, destinada al uso de la familia y sus invitados. Además, se construyó un gran sótano para almacenar vinos y otras provisiones imprescindibles en una residencia donde se desplegaba una intensa actividad social. Políticos, artistas, empresarios, intelectuales, fueron protagonistas de memorables veladas.

En la entrada a la propiedad se colocó una reja de hierro sobre un muro de piedra que aún se conserva. En el portón de acceso, además de las iniciales de Emiliano Guiñazú, figura el año 1895.

La casa y Fernando Fader

En 1904 regresa a Mendoza Fernando Fader después de  realizar estudios de pintura en Alemania y Holanda. Integrante de una destacada familia que frecuentaba los mismos círculos sociales que Emiliano Guiñazú, la vinculación entre ambos se produjo naturalmente. Fue así que al año siguiente Guiñazú contrata al joven pintor para que decore su casa solariega de Luján de Cuyo. Durante 1905 y 1906 van surgiendo de las prodigiosas manos del artista los bellos murales que aún se conservan: Escena campestre y Paseo a caballo, en la galería frontal -hoy hall de acceso-; Las bañistas, Las garzas y Paseo en bote, en la sala de baño; y uno más pequeño, sin título, sobre el dintel de acceso al salón principal. Mientras desarrollaba su tarea Fader se enamora de Adela, hija mayor de Guiñazú, y al poco tiempo contraen matrimonio. Arte y sentimiento unieron definitivamente al insigne pintor con la imponente casona.

La casa y el Museo

Luego de la muerte de Emiliano Guiñazú, acaecida en la Nochebuena de 1907 en la ciudad española de Sevilla, la casa que tanto amó fue heredada por su esposa Narcisa Araujo, quien por disposición testamentaria en 1945 la dona a la provincia para que se instale en ella un museo con el nombre de su esposo. Por decreto Nº 1313/45 la intervención federal en Mendoza aceptó el legado.

Esta loable iniciativa, permitió a Mendoza contar con un nuevo museo de bellas artes, ya que el creado en 1927 después de varias locaciones por distintos sectores de la ciudad, había dejado de funcionar.

Aceptada la donación de la casa Guiñazú, el gobierno encomienda al Prof. Julio Suárez Marzal la organización del museo. Los trabajos se orientaron hacia dos grandes objetivos: adaptar el edificio a su nuevo destino y conformar el patrimonio artístico inicial. En cuanto al funcionamiento del museo, Suárez Marzal proponía una actividad dinámica como cátedra de arte. Esta propuesta introducía un concepto innovador dentro de la función tradicional de los museos limitada exclusivamente a conservar y exhibir obras de arte.

Mientras se desarrollaban las tareas, el decreto provincial Nº 85/49 agregaba Casa de Fader al nombre del museo “Emiliano Guiñazú”. En los considerandos de la norma legal se alude a la necesidad de vincular el nombre del artista a la denominación del museo.

Las refacciones del edificio se realizaron teniendo en cuenta los nuevos requerimientos. La remodelación del frente incluyó el cierre de la galería, el retiro de balaustradas y balcones de la planta alta y la construcción de dos torres laterales. Esta modificación le dio sobriedad e imponencia.

En el interior se retiraron las puertas y se bajaron los dinteles. Todas las paredes, incluidas las ventanas, se recubrieron con arpillera a fin de ganar espacios para exposición de obras. De los murales de Fernando Fader sólo quedaron a la vista las escenas principales limitadas con gruesos marcos dorados que le dieron aspecto de inmensos cuadros. El mural más pequeño ubicado sobre el dintel de acceso al salón principal fue cubierto totalmente por la arpillera a pedido de Suárez Marzal quien argumentaba: “ ..… esta decoración de menor calidad y tamaño, además de resultar inconveniente y antiestética su ubicación en el conjunto del Museo, quedará prácticamente anulada su visibilidad por el plafón de la claraboya”.

Para facilitar el ingreso de luz natural a las salas principales, se abrieron claraboyas y se colocaron grandes plafones de yeso a fin de  lograr una buena difusión de la luz y ubicar los artefactos de iluminación. En este proyecto, Suárez Marzal contó con el asesoramiento del Arq. Guillermo Linares, especialista en la materia y persona de su amistad quien por entonces prestaba servicios profesionales en la Municipalidad de Buenos Aires.

Para los alrededores del museo, Suárez Marzal ideó un parque de líneas geométricas con cercos de cipreses delimitando salas al aire libre para exhibición de esculturas. En la fundamentación del proyecto decía: “Nada tiene que ver con antecedentes de esculturas colocadas en parques que rodean museos, ni tampoco con lo realizado por el Museo de Arte Moderno de New York, colocando pantallas de mampostería y otros materiales como fondo de las mismas al aire libre. Trátase de una concepción nueva, de llevar más allá estos intentos y construir con los elementos apropiados de un parque, todo un museo orgánico y funcional. He ahí el nuevo concepto: museo-parque. Se funda en que la mejor iluminación de las esculturas es la que reciben al aire libre y su mejor fondo una cortina de hojas verdes lisa, plana o comba, que son las superficies que recogen más uniformemente la luz, estos fondos destacan las líneas y formas armónicas de las esculturas dando al conjunto la sensación de vida que le falta a la piedra cuando está sola sin la compañía de la naturaleza. De los dos estilos fundamentales de parques: el rectangular o geométrico y el natural o paisajista, ha de caracterizar a éste el primero …..”.

Años más tarde, en el frente del museo se construyó un espejo de agua de forma rectangular, circundado por gran variedad de rosales, que contribuyeron a realzar la belleza del entorno.

Mientras se concretaban las refacciones del edificio, Suárez Marzal inició la tarea de reunir las obras de arte que conformarían el patrimonio artístico inicial del nuevo museo. A la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Santiago de Chile, encargó los calcos de esculturas cuyos originales se encuentran en el Louvre y el Vaticano que luego se emplazaron en el museo-parque. La misma institución proveyó reproducciones de pintura de los grandes maestros del Renacimiento. En la galería de arte “Giménez” de Mendoza, se adquirió una importante colección de reproducciones de dibujo y pintura de artistas contemporáneos.

Pero el interés de Suárez Marzal se orientaba también hacia los maestros de la plástica regional y nacional. Tomando como base el estudio de José León Pagano Historia del arte argentino, conformó una lista de obras cuya adquisición fue aprobada por el gobierno de la provincia mediante decreto Nº977-G-48. En este aspecto se debe destacar la generosa actitud de muchos artistas quienes donaron o redujeron notablemente el valor de sus obras a modo de colaboración con la nueva institución.

También se agregaron algunas obras del patrimonio artístico del antiguo museo, que fueron seleccionadas por una comisión designada al efecto. Entre ellas figuran las dos primeras pinturas de caballete de Fernando Fader con que cuenta el museo: Caballo y Paisaje. Esta última había sido donada por el gobernador Lencinas con motivo de la inauguración del anterior museo en 1928. Cabe aclarar que en la actualidad, la colección Fader está integrada por 52 obras entre esculturas, murales y pinturas de caballete que testimonian todas las etapas de la trayectoria artística del pintor.

Concluidos los trabajos proyectados, el 11 de abril de 1951, aniversario del natalicio de Fernando Fader, se realizó la ceremonia de inauguración del Museo Provincial de Bellas Artes “Emiliano Guiñazú” -Casa de Fader.

 
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